No hay peor sordo que el que no quiere oir Así es. Todos tenemos la noción del diálogo como un intercambio de información entre dos o más personas. La información nos llega del otro envasada en palabras. La palabra es un vehículo de significados múltiples, y esta multiplicidad no se refiere exclusivamente a la ambigüedad del lenguaje sino también a la predisposición tanto del emisor como del receptor a aquello que llamamos “honestidad intelectual”. Ni siquiera en el ámbito científico, donde se supone que el lenguaje es más exacto y los fundamentos del discurso más verificables, hay garantía alguna de un comportamiento humano desprovisto de intereses personales. Todo diálogo está condicionado por la intención de los participantes y sus necesidades inmediatas: prevalecer en un grupo, conquistar los favores afectivos de alguna persona, obtener prestigio o consolidarlo, lograr un ascenso laboral, ocultar una debilidad, y una gran cantidad de et...
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